¿Aborto v/s vida... y punto?

El motivo de este post es el insufrible debate respecto de la legitimación de la archifamosa “pastilla del día después”, versión “suave” de la controversia general sobre el aborto. Insufrible no porque sea un tema absurdo o sin importancia (todo lo contrario), sino por lo extremo y rígido de algunas posturas, habitualmente las conservadoras. No pretendo zanjar una cuestión tan espinuda y con múltiples aristas como es ésta con unas pocas palabras, sino compartir una reflexión respecto un detalle de la misma que podría valer la pena.
Se trata del discurso “pro-vida” de las posturas conservadoras. La posición puede enunciarse de diversas maneras, pero podría resumirse más o menos así: “estamos a favor de la vida”, significando la defensa de la vida como el valor fundamental, primero y de mayor importancia: “sin vida, nada de lo demás existe o importa”…apelando con esto a nuestro instinto de supervivencia, con lo que al sentido común no le queda más que aceptar la declaración como una verdad obvia; sobre todo si, por oposición, los partidarios de la legalización del aborto, son calificados como no-partidarios-de-la-vida o pro-muerte.
Es evidente que la defensa de nuestra vida (y por extensión de nuestra salud) y la de nuestros semejantes es una actitud positiva y saludable según un muy amplio consenso social, estando probablemente arraigada en lo más profundo de nuestras raíces filogenéticas, lo que explicaría el general anhelo de juventud (salud, vitalidad) y rechazo de las conductas autodestructivas como autolesiones, abuso de sustancias y suicidio, y heterodestructivas, entre otras cosas.
Sin embargo ¿es la defensa de la vida el valor humano más importante de todos?
En lo personal pienso que no.
Una de las características más relevantes que distinguen a la especie humana de las restantes, es su búsqueda permanente por significar la existencia de un modo superior al mero hecho de vivir. De buscar una intención y sentido en la vida que vaya más allá de lo estrictamente necesario para mantener nuestros funcionalismos biológicos. De encontrar un sentido trascendente en la vida.
Este sentido trascendente puede encontrarse en creencias que sitúan la existencia humana en un plano más amplio que el de esta vida, identificando la esencia humana con algo independiente de nuestro cuerpo mortal, algo que puede denominarse espíritu, alma o de muchas otras maneras, pero que sobrepasa los límites de la vida. También puede trascenderse a través de los demás en la acción constructiva colectiva, y en alguna medida en la creación artística: “Desaparezco, pero dejo algo indeleble de mí en el mundo; o siembro una semilla que germinará y se desarrollará en algo de lo que, de alguna manera, siempre seré parte”.
Si bien todos tienen el potencial, en alguna medida al menos, de desarrollar valores trascendentes sólo algunos conducen su vida con un “norte” trascendente. Particularmente los que se abandonan a sí mismos para servir a los demás, identificándose como parte de un todo más amplio que su propia individualidad (la humanidad), como una célula lo sería de un gran cuerpo, resultan ser los sujetos más inspiradores, constructivos y admirados de todos. Su impronta efectivamente trasciende a su vida, enseñándonos que existen valores más importantes que una vida o varias vidas por sí solas, valores sin los cuales la vida pierde su sentido, valores por los cuales bien valdría la pena dar la propia vida.
Durante la revolución de la “no violencia” conducida por Ghandi, cientos si es que no miles de hindúes fueron heridos y muertos en manifestaciones en las que actuaron premeditada y evidentemente indefensos, sólo para expresarse en contra de la restricción de sus libertades sin caer en la destructividad del opositor, cortando así el ciclo de la violencia. ¿Carece esto de sentido?
Similarmente el pueblo tibetano enfrentó la ocupación China prácticamente sin que sus ciudadanos se defendieran violentamente. Pese al alto costo de vidas humanas, preservaron sus valores religiosos de no violencia.
Muchos sujetos, aunque siempre los menos, a lo largo de la historia, han dado su vida por defender una nación (cuyo valor trascendente podría discutirse, pero que sin duda tenía un valor trascendente para ellos y su grupo de referencia), la libertad, la verdad y la igualdad, entre otros valores trascendentes. Cristo mismo, según los evangelios, dio su vida, aparentemente sobre aviso, para redimir a los humanos y salvarlos. Más allá de las creencias queda claro que su sacrificio constituye en sí mismo un mensaje muy potente: si mi posición es importante para el todo que constituye la humanidad, puede ser más importante que mi propia vida. Negar mi posición para salvar la vida es una paradoja, pues hace que mi vida pierda sentido, lo que según una perspectiva trascendente es peor que la muerte.
¿Que tiene todo esto que ver con el tema del aborto? Lo siguiente, valores como la libertad de acción y pensamiento, la “autonomía”, son esenciales para la dignidad humana. La vida humana tiene menos sentido al no poder ejercerlos. Muchos sujetos han fallecido intentando escapar de sistemas político-sociales que restringen estos valores en pos del control totalitario, convencidos de que esta opción era mejor que la de vivir en tal sistema. No somos animales; tenemos instinto de supervivencia, pero no es lo más elevado en nuestra jerarquía de valores. El discurso pro-vida impresiona y sobrecoge, pero se sirve de una altisonancia irreflexiva que no ayuda a comprender la complejidad del problema del aborto. Los defensores de la legalización del aborto no son activistas pro muerte, son activistas pro autonomía. Porque ¿Tenemos acaso derecho a obligar a una madre en potencia a proteger y cuidar la vida en potencia que en ella se gesta, sin hacernos cargo de las responsabilidades que de por vida esto implicará para ella?
No pretendo tener una respuesta absoluta para lo anterior; aunque me inclino por la autonomía, sin por ello despreciar la vida. No tendría en lo personal una actitud de fomento del aborto por motivos de control de natalidad u otros; pero un ser en gestación forma parte del cuerpo y responsabilidad presente y futura de su madre, y la decisión final debe ser de estas potenciales madres y sólo de ellas. No me siento con autoridad para obligarlas o juzgarlas.


